
“Ella seguirá ahí,
ella estará despierta...”
Gustavo Cerati.
Su piel aduraznada que delataba generosamente la tenida que llevaba puesta esa tarde, un jean a la moda que se acomodaba perfectamente a su silueta de modelo, su cintura en extremo estilizada tan total y tan propio de una seria aspirante a reina, su ombligo al desnudo del cual pendía un piercing, bijouteria de gitana, accesorio mágico y exótico, más arriba un top que cubría su tierno busto, su melena de un tono castaño oscuro y su iluminado rostro de muñeca sin rastros de ese odioso maquillaje tan imprescindible en otras mujeres, su bronceado eterno de sirenas de Ibiza, dueñas de cejas pobladas, ojos marrones claros, de mirada penetrante y sonrisa cautivadora, belleza árabe, belleza de ensueño, como aquel momento previo cuando decidí presentarme por teléfono, fue una decisión carente de raciocinio, de latidos especiales propios de momentos que serán guardados en la memoria, la guía de teléfonos cercana, el número digitado lentamente como tratando de olvidar la orfandad del discurso y el teléfono timbrando a la distancia.
La ansiedad invadiendo y destrozando mi sistema nervioso, su voz al otro lado de la línea, ella trata inútilmente de identificar el sonido de mi voz, pregunta mi nombre y es inevitable comenzar el sueño -dime tu nombre y te haré reina en un jardín de rosas / mientras tus ojos miran hacia el final donde se oculta el día- el primer tramo de la conversación es el más difícil de lidiar, la oscuridad inevitable, la seguridad me abandona y es mejor andar a tientas, ella parece percibir en el timbre de mi voz debilidad y eso me incomoda, ella descubre en la fragilidad de mi voz sentimientos que afloran francamente y eso la disuade de ser contingente, su tierno verbo me devuelve la serenidad y me invita tiernamente a continuar con esta aventura de amor a ciegas, de sentimientos puros, de diálogos inmaculados, me habla que ella imagina a las casas de techos de tejas rojas de Huánuco como casitas de chocolate y yo me volví a extraviar.
Ella se sorprende, conozco demasiados detalles de su vida, el relato es tan perfecto como el acompasado ritmo del reloj de pared que miro fijamente, siento que el tiempo se detiene en esta tarde soleada de abril, hay muchas razones que me impiden identificarme, una de ellas es la diferencia de edad, ella apenas tiene 17 años y yo ya bordeo los 25, además esta el hecho de que es la hermana menor de dos amigas de la infancia con las que estudie en la “Practica Mixta”, esa escuela de gente bien que cobijo a mi generación, de niños con guardapolvos plomos y nombres bordados en la solapa, de años emocionantes, de ilusiones que se renovaban y enriquecían, de profesoras que no se casaron antes de los treinta y que adquirieron el estatus de solteronas, de aulas de clases con bóvedas inalcanzables, de loros de cabeza azul y guacamayos psicodélicos que reproducían insultos que delataban la doble moral de la familia propietaria de esta escuela tan derecha y tan formal.
Debía de crearme otra identidad, mi instinto compulsivo por mentir comienza a tejer telarañas que no se si podré evadir, trampas inofensivas que pueden matar esta ilusión -las mentiras son pecados del corazón- mentiras francas de un chico de sólo veinte años, de un estudiante de Informática de la Pontificia Universidad Católica, personalidad camaleónica, personalidad que un día tendré que mostrar al desnudo, los locos confundimos la fantasía con la realidad, sólo los locos de amor, los niños y los locos todavía conservan un toque de pureza y magia que los hace confiables.
La conversación es amiga, la conversación es de toda la vida, ya es mi cómplice, tertulia de tarde, de confesiones sin censuras y sin ataduras, nuestro instinto telúrico nos arrastra por túneles de nostalgia -los sentimientos nunca los explica la razón, y el vinculo que uno establece con una ciudad es de la misma índole que el que lo ata de pronto a una mujer, una verdadera pasión, de raíces profundas y misteriosas- nostalgia provinciana tan dañina y lacerante, tema inevitable de gentes con raíces profundas en tierras de Kotosh.
El huanuqueño tiene una idea propia de la nostalgia telúrica, nostalgia primaria y nostalgia añeja, ambas desgastan, ambas dejan huellas eternas, corazones adolescentes que aprenderán a vivir a la distancia, corazones añejos como el mió que aprendieron a vivir a la distancia. Me vuelvo sobre mis pasos y recuerdo el día de la partida, de la separación de Huánuco, separación compulsiva dictada por mis padres para asegurar mi futuro y el suyo, nueve años y no me acostumbro a Lima, la ciudad jardín, la ciudad orinada, vivimos esperando el día del regreso a casa -Te amaremos todo el día / Aunque algunos bastardos te abandonen / Alguno de nosotros llegara para quedarse / Cualquiera de nosotros te llamara / Tan sólo por tu nombre / Solo por tu nombre- me negué a buscar en todos estos años en esta ciudad rancia de virreyes el antídoto del olvido, el antídoto del tránsfuga, el antídoto del aculturado que cure las heridas de la nostalgia, nostalgia aluvionica, nostalgia de ceja de selva.
Signos de referencia comunes que delatan nuestro lazo seminal, su voz es triste, su voz delata soledad -alguien me ha dicho que la soledad se esconde tras tus ojos- como liberarte de esa soledad elegante que anida en tus lindos ojos, como espantar de tu rostro adolescente el brillo de la tristeza, como decirte que te ame en silencio todo este tiempo, escribiendo versos inspirados por el aroma de las rosas de las huertas y rodeado de ese paisaje urbano que me acerca más a la vida misma, a las viejas canciones de amor y a los viejos poemas -de su guitarra se bajan notas de fuego, los saco de este cristal hacia la eternidad- la siento romántica, la siento madura, me dice que no todos los hombres son iguales, que no todas las mujeres son iguales, como contradecirla, como decirle que le falta vivir, como decirle que esta fauna humana no es confiable. Su alma es aun pura, su alma es aun inmaculada, como inmunizar tu corazón para que los golpes de la vida no te dañen.
Quisiera seguir su camino, contar mis pasos para sumarlos a los de ayer, sin pensar demasiado en mi mala estrella ni en la buena estrella de los otros -desprejuiciados con los que vendrán y los que están ya no me importan más- rescatar el romanticismo del que algún día me avergoncé, tratando de conseguir salvoconducto para dejar atrás el país de las promesas rotas, tratando de idear una formula que me permita soñar con el futuro sin devolverme al pasado, porque el amor no tiene pasado -Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido- el anhelo cotidiano de encontrar la luz al final del día -Oir la noche inmensa, más inmensa sin ella- cuelga y me quedo extrañando su voz al otro lado de la línea.